Me
encontraba buscando la razón por la cual el arte ocupa un lugar tan importante
en el mundo y en mi vida. Se expresa de muchas formas distintas, con todos los
significados posibles desde cada perspectiva. Pasamos la vida
llenando nuestros vacíos con arte, ¿por qué?
La
empresa de encontrar la respuesta es titánica, y más si se aspira al concepto
desde el universal, como concepto y no como una experiencia fenomenológica. Por
ahora renuncio a esta tarea y estoy a la máxima de Sócrates “conócete a ti mismo”. Si logro saber por
qué lleno los vacíos de mi vida con él, llegaré a tener un primer paso en ese
camino, una primera piedra.
La
razón por la cual el arte es un pilar esencial en mi vida, lo resumo en uno de
sus atributos que, además, lo torna noble, y es la capacidad de convertir el dolor del artista en algo bello;
toma algo feo y lo vuelve hermoso, es capaz de convertir los sentimientos de dolor
y tristeza de una persona para que se vuelva algo digno de admirar. Tan maravillosa transformación se puede dar de manera
directa e indirecta: directa en cuanto al artista y su dolor. Frente
a quien consume el arte y busca en él esas palabras que lo consuelan, que
hablan por él de su vida, que narran su historia o que representan sus
vivencias, llega el arte de forma indirecta.
Para
demostrarlo con más vehemencia quiero tomar una obra de arte en particular que
me dé la fuerza expresiva para que quien lea este escrito pueda ver la esencia
de mi argumentación. La respuesta llegó a mí sin avisar; una historia contemporánea
que acaba de ser narrada en nuestros días,
una obra de arte que hace poco
fue publicada y que se alza como eterna en los pasillos de la historia.

La historia no
puede ser más bella y triste a la vez: una enfermedad que se llevó al amor de
su vida sin que ella alcanzase a cumplir los cuarenta años, y que les fue
comunicada antes de que pasaran seis meses desde su casamiento.
Imagínense que
encuentran a la persona de su vida. Esa pareja que alienta sus corazones para seguir
en pos de sus sueños, a esa persona que hace de la costumbre y la rutina de la
vida un tierno ritual del cual nunca hemos de aburrirnos, ese ser al cual le puedes confiar tu existencia y tus secretos, que te escuchará
siempre y que será la sombra que cobijará tus sueños por el resto de tus días.
Y, después de tan corto tiempo de compartir amablemente y de empezar a hacer
planes, les corresponde enfrentar un reto terrible; una batalla que nunca escogieron,
una batalla que empezaba perdida.
Pues esa es la
historia de Angelo Merendino, fotógrafo por convicción y oficio quien, a medida
que avanzó la enfermedad de su esposa, retrató con talento y sensibilidad
absoluta cada uno de los momentos que tuvo que atravesar cada amanecer, hasta
el día de su muerte.
Al poco tiempo, de
rodillas en el restaurante italiano favorito de Jen con un anillo de compromiso en la mano
derecha, le pidió que se casaran. En menos de un año sellaron su unión.
Lo cierto es que
los problemas y las dificultades son cobardes y nunca nos enfrentan por turnos,
vienen en manadas frenéticas. Ella no sólo tenía un dolor crónico por los
efectos secundarios de casi cuatro años de tratamiento, sino que a los 39 años tuvo
que empezar a usar un caminador, pues todo el tiempo estaba agotada; las estancias
hospitalarias eran de más de diez días cada una. La batalla no era sólo con el
cáncer también con las compañías de seguros. El miedo y la ansiedad siempre
estaban ahí, presentes.
Ángelo estuvo a su
lado desde el diagnóstico hasta su tumba. Las fotos narran la historia de una
pareja feliz que comparte una cerveza o de esposos que cortan juntos el cabello
que cae por las quimioterapias. La historia de Jen, quien lo abraza como si
todo el mundo estuviera en sus brazos, o de Jen mirando por la ventana de un
hospital.
Estas fotografías
son la muestra irrefutable de por qué el arte no solo tiene que ser la representación
literal de la realidad, sino el instrumento por medio del cual podemos hacer de la
cruda verdad algo bello que nos impulse a seguir el camino, a no soltar las
riendas, a no perder la fe. Como Ángelo que de su experiencia edificó un propósito
para ayudar a las mujeres con cáncer de seno y a la vez concientizar a los que
quieran percatarse de que la vida va más allá de las posesiones materiales.
Ángelo relata que la
primera vez que vio a Jennifer, su esposa, sabía que ella era la elegida. Sabía,
al igual que su padre después de conocer a su madre, que la había encontrado.
Tuvo miedo de comunicarle sobre sus sentimientos, y cuando lo hizo, tembloroso
como un niño, su vida tuvo sentido porque ella le contestó que también lo amaba.

Cinco meses más
tarde fue diagnosticada la enfermedad, y Ángelo sintió algo que nunca olvidará:
el momento en el que se miraron a los ojos, el uno sosteniendo las manos del
otro. Dijeron Estamos juntos, vamos a
estar bien. Una noche, Jen acababa de ser ingresada en el hospital y el dolor la carcomía por dentro. Ella lo agarró del
brazo, con los ojos llorosos y dijo Mírame a los ojos, esa es la única manera en
que puedo manejar este dolor. Nos
amábamos con cada pedacito de nuestras almas dice Ángelo.

Sin embargo, Ángelo
con su cámara exorcizó estos demonios. Su lente capturó el corazón y el espíritu
de Jen para la eternidad haciendo de su obra una manifestación universal,
porque describe el fundamento del ser humano que fue tallado por el Creador: el
amor. Creo que el testimonio de éste fotógrafo representa el verdadero
significado del amor, que no es otro que el sacrificio, pensar en martirizarse
por otro es casi ridículo ante los ojos de la sociedad mundial, ya sea
consumista o comunista, que no nos deja ver mas allá de lo inmediato, de nuestra
incesante búsqueda de placer egoísta.

Ángelo nunca la
dejó de ver hermosa desde el día de su boda, en la que bailaron su primera canción
como esposos, al ritmo del acordeón del padre de Ángelo, o cuando ella se
maquillaba con sus audífonos puestos.
Las fotos nos
cuentan con dulzura y gentileza la vida de una mujer que nada en el mar sólo
sintiendo el movimiento del agua por su cuerpo; esa misma que soporta los
dolores de un cáncer que le desgarra el alma y el cuerpo.

Yo lo asimilo con
lo que alguna vez alguien me explicó que es el amor: el amor es la tendencia
que tiene el espíritu hacia lo más elevado, donde abandonamos lo que es útil,
dejamos de lado lo que simplemente nos da placer, y escogemos lo que de verdad
vale la pena. Vale tanto, que le da sentido a nuestra vida, y nos da confianza
para entregarla tranquilamente si es necesario, por que sin amor, nada lo tiene.
Por: Felipe Gonzalo Jiménez Mantilla.
Corrección de estilo: David Gregorio Rodríguez G.
Historia y fotos originales en http://mywifesfightwithbreastcancer.com/
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